Al hablar de salud mental, es común asociarla inmediatamente con un problema: una crisis, un diagnóstico o un momento difícil. Sin embargo, constituye una dimensión mucho más amplia y presente en el día a día.
No implica la ausencia de tristeza, estrés o preocupaciones —experiencias inevitables a lo largo de la vida—, sino la capacidad de atravesar esas circunstancias sin desbordarnos, recuperarnos y seguir sosteniendo lo que nos importa, como nuestros vínculos, trabajo y proyectos.
La Organización Mundial de la Salud la define como un estado de bienestar que nos permite reconocer nuestras capacidades, afrontar las tensiones cotidianas, aprender y trabajar de manera plena, y aportar valor a la comunidad. En esencia, abarca las herramientas internas con las que contamos para sostenernos, adaptarnos y continuar creciendo ante cada desafío.
Una parte más de nuestra salud
Al igual que cuidamos la alimentación o realizamos actividad física, la salud mental se cuida y se entrena. No hace falta esperar a tocar fondo para prestarle atención: del mismo modo en que nos realizamos un chequeo médico de rutina, evaluar nuestro estado emocional forma parte natural del autocuidado.
Dormir bien, sentirnos motivados, disfrutar el tiempo en familia, gestionar el estrés cotidiano y experimentar paz con nuestras decisiones son manifestaciones de la salud mental. Como toda dimensión del bienestar, atraviesa etapas de mayor equilibrio y otras que exigen más atención y recursos.
Vivir en sintonía con quienes somos
Dra. Mercedes Gargiulo
Otro aspecto fundamental radica en la armonía entre nuestras acciones cotidianas y nuestras verdaderas prioridades. Frecuentemente, el ritmo vertiginoso nos lleva a actuar en piloto automático más que por convicción personal. En ese proceso, podemos alejarnos gradualmente de nuestros valores, del propósito de vida y de nuestra propia identidad.
Sentirnos bien no depende únicamente de resolver lo urgente, sino también de hacer una pausa y preguntarnos: ¿esto que estoy viviendo se alinea con lo que valoro?, ¿mi tiempo, mis vínculos y mis decisiones reflejan quién soy y quién quiero ser? Reconectar con estos interrogantes brinda una valiosa sensación de calma: la certeza de que nuestra vida posee coherencia interna y de que lo que hacemos está en plena sintonía con lo que pensamos.
Escucharse es el primer paso
A menudo vivimos tan ocupados sosteniendo responsabilidades —el trabajo, la familia y múltiples compromisos— que relegamos una pregunta fundamental: ¿cómo me siento realmente? No se necesita un motivo extraordinario para planteárselo. A veces basta con notar que alguna carga pesa más de lo habitual, que el descanso ha cambiado, que la irritabilidad aflora con mayor facilidad o simplemente que nos vendría bien hablarlo con alguien.
Atender a esas señales, sin dramatizarlas ni minimizarlas, constituye un acto de cuidado personal y hacia nuestro entorno. Buscar acompañamiento profesional en esos momentos no difiere en nada de consultar a cualquier otro especialista de la salud.
Quizás, por razones culturales, solemos percibir pedir ayuda como una pérdida de tiempo o una muestra de debilidad. Sin embargo, resulta más valioso mirarlo desde otra perspectiva: si un profesional cuenta con las herramientas para ayudarnos a resolver de forma más ágil, o para brindarnos un enfoque novedoso, recurrir a él es una decisión inteligente y mucho más fructífera que intentar afrontarlo en solitario a fuerza de ensayo y error.
Dra. Mercedes Gargiulo
Médica — Especialista en Psiquiatría — M.P. 11.868
Subdirectora de CISMA